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"Escribo lo que siento y en todo pongo el corazón"

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Francisco Belmonte tiene 70 años y trabajó durante toda su vida de encargado de obra, lo que lo diferencia es, que tras su aspecto bonachón, se esconde el alma de un poeta

Preguntarse a dónde podría haber llegado Francisco Belmonte si hubiera tenido la oportunidad de ir a la escuela es algo que nunca podrá saberse. Tal vez si hubiese podido estudiar, ahora este municipio tendría a su propio Alberti o Salinas, sin embargo, el hambre de la España de postguerra marcó su vida para siempre.

"Mi infancia fue lamentable, pasé de tenerlo todo a la más absoluta miseria, a mendigar por las calles y a algo que mejor no recordar como son los malos tratos", recuerda con tristeza Francisco.

Por eso este poeta, aunque él no se atreva a definirse así "porque es algo muy serio", aconseja a todos los jóvenes que "aprovechen la oportunidad que tienen de estudiar, para que cuando lleguen a la edad adulta sean cultos".
Esta idea ha sido la que lo ha  llevado en el mes de febrero a la biblioteca de la Rinconada para recitar sus poesías a alumnos del colegio Guadalquivir e intercambiar experiencias con ellos.

El momento en el que empezó a crear poemas no lo recuerda, probablemente desde siempre las palabras inundaban su cabeza y originaban versos de toda la realidad que le rodeaba. Aprendió a leer y a escribir, aunque como él mismo señala "lo hago con muchas faltas de ortografía, tal y como oigo las palabras". Sin embargo, esto no hace que su obra sea menos bella o profunda, al contrario está cargada de la sensibilidad que caracteriza a este hombre.

"Conozco a muy pocos poetas, escribo lo que siento y todas mis poesías están basadas en hechos reales. En cada una de ellas pongo el corazón" afirma vehemente.

Para inspirarse no necesita mucho, le bastan un simple ciprés, una muñeca de trapo o alguna historia que haya oído o vivido. También le escribe a su pueblo versos tan hermosos como: 'Es perfume, aroma, esencia/ un sol que abrasa sus calles/ con un bochorno de siesta/ y cuando cae la tarde/ tiene olor a rosas frescas'.

Recuerda cada poema que ha escrito de memoria y son cientos. El primero que escribió en papel trataba de la riada de 1960 que hubo en el municipio y además de su valor literario sirve de testimonio histórico de personajes reales que perdieron sus viviendas por la fuerza del agua.

La emoción lo embarga cuando recita y sólo él es capaz de ver un mundo en detalles que se le escapa al resto de mortales, costumbres que ya se perdieron o recordar un lugar que con el paso del tiempo ha perdido imágenes costumbristas de braseros de carbón o mujeres sentadas en las puertas de sus casas en el frescor de la tarde.

"Creo que la vida tiene una serie de propósitos y que para conseguirlos hay que luchar y ser optimista, no hay que estancarse en el día a día" piensa Francisco. Por eso, a pesar de su dura infancia y de esa época de desarraigo, dolor y crueldad que le tocó vivir, no dejó nunca de intentar ser buena persona y de componer. Porque como él mismo dice "fui muy ambicioso con el mañana  y siempre he intentado administrar el tiempo para sacarle el máximo provecho a la vida".

Tan sólo tarda en escribir un poema media hora. Sorprendente.

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