El hombre que susurraba a los caballos
Prudencio Vázquez ha dedicado toda su vida a domar y cuidar sus caballos. Ha participado en múltiples exhibiciones y es uno de los ganaderos más conocidos en la provincia
Cuando se escuchan tenuemente las primeras voces del día y los vecinos arrancan su actividad diaria, Prudencio Vázquez termina de servir cafés en su bar y empieza su verdadera vocación, domar sus caballos. No importa el día o los compromisos familiares que tenga. Este onubense de nacimiento se emplea desde las 8.00 horas hasta al menos las 21.00 en cuidar a sus animales, a los que considera "parte indispensable de su vida". Según él, fue su padre, que era ganadero, el que le inculcó la pasión por los caballos y ha aprendido a entenderlos y a darles todo lo que necesitan. Echando la vista atrás, recuerda que todo comenzó hace 35 años y desde entonces no ha parado. Ha participado en múltiples exhibiciones ecuestres de doma vaquera y alta escuela en los que ha demostrado sus grandes dotes como domador y ha paseado a sus caballos por numerosas ferias como la de Jerez, la de Sevilla o El Rocío, entre otras. A sus 60 años se jacta de ser uno de los ganaderos más conocidos en la provincia y una de las personas que mejor conoce la naturaleza de este animal. En la actualidad, cuenta con 11 caballos, que presta y enseña a los vecinos que lo visitan, e incluso los utiliza como terapia para los niños con discapacidad del centro Torrepava. A todos los ha visto nacer y por ello, asegura, cada vez que fallece uno siente una gran desolación porque es como si le arrancar algo dentro de él.
"Del que más sentí la pérdida fue de Tempestad que era mi caballo preferido y, de hecho, lo tengo enterrado en mi picadero". Según él, aunque aparentemente son animales con mucha vitalidad y muy robustos, tienen una salud delicada, porque su metabolismo es endeble y hay que estar pendiente de ellos todo el día.
Y en eso dedica el día Prudencio Vázquez. Monta en cada uno de sus caballos para que no pierdan fuerza, les da de comer sin retrasarse una sola hora y, cuando el sueño o el hambre aprieta, se dirige a la habitación que tiene habilitada dentro del picadero con una nevera y un sofá. Antes lo acompañaba su hijo, pero es rejoneador y ahora no tiene tiempo. De todas formas, a este amante de los caballos no le preocupa pasar tantas horas a solas. Asegura que disfruta con la soledad y el silencio y la compañía de estos animales, "con carisma, clase e inteligencia", hacen que su austera vida sea plena al cien por cien.