Ya me lo decían en el colegio: "Niño, aprende inglés". ¿Para qué?- solía decir. Cuando uno sale al extranjero ve contestada esa pregunta. Sobre todo cuando te ves la cara de póker que se te queda al mantener una conversación.
Menos mal que en las aventuras por Sofía siempre viene Miguel, el fisio, que habla inglés y nos hace de traductor. De no ser por él, habríamos perdido la cuenta de las veces que nos habríamos perdido.
Con esto de venir al extranjero, quien más y quien menos, tiene algún regalito que hacer. Un encargo que te han hecho o un detalle que se quiere tener con alguien a quien se quiere. Verdaderamente no existen cosas típicas en Sofía, al menos, no las hemos encontrado. Bueno sí, cencerros mohosos. "Mira nena, que regalo tan bonito te he traído de Bulgaria". Y a Bulgaria puedes volver de la reacción. Hemos comprado cosas, pero nada que no hubiésemos podido encontrar por La Rinconada. Supongo que es lo que tiene la globalización.
Volviendo al idioma. Paseando por las calles de Sofía nos sentamos a tomar café y tuve que pedir una silla a un hombre mayor que estaba solo en una mesa con cinco butacas a su alrededor. Mientras me acercaba pensé: "Es mayor, no sabrá inglés, ni yo tampoco. De búlgaro ni hablamos. Me llevo la silla y no digo nada". Pero he ahí que el buen hombre se transforma en un demonio y empieza a soltar improperios en búlgaro. Y todo por no saber pedirle la silla. Perdóname mamá, porque se acordaron de ti.
La culpa fue mía que no pedí la silla. También fue culpa nuestra entrar en una iglesia ortodoxa y empezar a hacer fotos alegremente. Por dentro son bonitas, pero, si en su interior se está celebrando un funeral, no queda bonito que se cuelen cinco personas cámara en mano haciendo fotos. En fin, historias para no dormir.
Y todo ello fruto del desconocimiento, porque no tenemos ninguna mala intención. Por cierto, la comida búlgara es mucho mejor que la rusa. Quizás, la cercanía al Mediterráneo propicia una variedad de sabores con la que los rusos ni siquiera soñaban. De hecho, los jugadores del Ramensköe comen más aquí que en su casa. Eso sí, el carácter es igual de agrio que en Moscú. Aunque no sepas lo que dicen y esto sea bueno y bonito, sólo la forma en la que lo expresan ya da la impresión de que están enfadados. Con lo bien que se va por la vida con una sonrisa.
Otra cosa que hemos comprobado es que los taxistas te roban. Si no que me expliquen como, con un día de diferencia, el mismo trayecto nos sale ocho veces más caro. Lo mejor, y ahí va mi consejo por si os animáis a visitar Bulgaria, es cerrar un precio previo por el trayecto que se va a realizar. Ah, y pagar el dinero justo, que si no, se quedan con la propina. Y ahora diles que te devuelvan el dinero...
En la víspera del último choque de la fase de grupos, nos escapamos a la ciudad con la odisea de buscar un tambor con el que animar desde la grada. ¿Alguno de ustedes conoce algún músico célebre nacido en Bulgaria? Bien, pues no lo conocen porque aquí no existen los instrumentos musicales. La mayor tienda de música que había en Sofía cerró hace dos años. Al menos, eso nos dijeron. Pero, como sabe el diablo más por viejo que por diablo Antonio Molina nos metió por un callejón en el que encontramos una tienda regentada por una persona musulmana que vendía desde pan de pita, tabaco en narguile, cachimbas, especias y tambores étnicos en miniatura. Total, que compramos cuatro y, no sé si será por eso, pero a los rusos les ganamos. Bueno, les ganaron, porque los que nos vamos de aventuras no jugamos. A ver si traen suerte hasta, por lo menos, después de la final.
P.D. Maravilloso pulmón verde en el centro de Sofía y maravillosas las vistas desde la planta quince del Hotel Moskwa, pero al parque le faltan unas bombillas, que, de noche, y hay que cruzarlo desde el pabellón, no se ve nada, y las ventanas de las habitaciones podían limpiarlas, que me llevo en las fotos más recuerdos de los que me gustaría.