La periodista presentó su primer libro, una novela sobre un crimen desde la óptica de la cotidianeidad, con mucho humor y costumbrismo andaluz en una vuelta de estilo propio al género del ‘crimen amable’
El cozy crime – o cozy mistery – es el género que narra el crimen de manera amable y que, como todos los que abarca la literatura, tiene cabida en Estación de las Letras. Pero en una variante aderezada con lo más cotidiano de la vida y no pocas dosis de humor de la tierra. Es el género inclasificable, que ni su misma autora es capaz de denominar, pero con el que Beatriz González ha llegado a una nueva parada del tren literario de La Rinconada con ‘Un fiambre, demasiados vecinos y muchos pelos de gato’.
El libro contiene los elementos del género. Una muerte rodeada de misterio y en la que todo apunta a que es un crimen – sin destripar la novela, ya que es el fiambre del título –; una persona que lo aborda sin ser detective profesional ni policía – en este caso “una periodista precaria que vive de alquiler y que se encuentra a su vecino asesinado un día” –, una comunidad singular, la de los vecinos del bloque y la presencia nada secundaria de mascotas.
Café literario en Estación de las Letras
Con formato de café literario y la cafetería del Centro Cultural de la Villa con aforo completo, sentado y de pie, e incluso público en el exterior, la autora compartió su primera novela de la mano de Juanma Torrijos, a quien podría definirse como su mentor. Beatriz fue alumna de Torrijos en los cursos de escritura creativa y de novela, y es el editor, desde la editorial DonBuk, de este libro.
Periodista de profesión, comparte su vida con una perra, Luna, y un gato, Dorito. Clara de la Vega, la protagonista de la novela, es también periodista, y convive con la perra Trufa y el gato Perejil. Con paralelismos más que evidentes, reconoció que “está muy inspirada en mí. El libro está escrito en primera persona. Hay muchísimo de mí en Clara, por no decir todo”. Sobre ella recae el peso de una novela definida por la autora como “un misterio como de andar por casa, con toques de humor andaluz, en un barrio de Sevilla”. Concretamente, El Greco, donde vivió la autora mucho tiempo.
En ese barrio se sitúa la comunidad en la que viven “Matías, el típico rata que roba la luz y no paga la comunidad; la bruja mística; doña Elvira, que es la cotilla que sabe todo de todo el mundo; JJ, que es el nombre de mi jefe, pero que aquí es un gymbro que entrena a mujeres mayores”. Y, entre todos ellos, don Antonio, “el vecino cascarrabias de al lado” que muere nada más empezar. Aseguró tenerle a todos cariño, porque han salido de ella, y, cuidando de “no caer en el estereotipo” y parecerse a las series de comunidades de vecinos, explicó que “he conseguido darle a cada uno su voz, su protagonismo y su sitio en la novela, y el lector lo va a pasar muy bien porque están todos locos perdidos”.
Novela de la cotidianeidad y costumbrista del día a día
Otro de los ingredientes es la cotidianeidad, “una parte costumbrista” que lo hace “más completo” y a la vez mucho más real. Porque es un libro “muy personal”. Pero lejos de ser una apuesta del ego, la autora explicó que “a mí es lo que me sale es hablar de mi día a día”.
En este sentido, su idea inicial iba por otros derroteros. Con el título de ‘La sombra de la sospecha’, era “como una película de domingo a medio día, una cosa muy rebuscada como lo que me gusta leer”. Pero la narración no fluía. Se dejó llevar con la particularidad de que “tenía claro el principio, tenía claro el final. Lo de en medio… pues había que escribirlo”. Hasta que salió la historia desde lo más rutinario y normal de cualquier persona, de ella misma en realidad.
Si bien, en lo que respecta al proceso, se definió sin duda como escritora de brújula: “me ponía a escribir y decía, "A ver qué hace hoy Clara". Y me iba de un sitio a otro. Eso me ha encantado porque no lo tenía planificado”.
Un libro para disfrutar y desconectar
Y todo ello de forma cercana, con mucho humor y cuajado de “referencias frikis” y de la cultura popular. “Al final es un libro que me representa a mí y como es el primero, pues he querido meter todo lo que me gusta y todo lo que me identifica”. Las ilustraciones de Crisbel Robles – amiga de la autora – tanto en la portada (que tanto se parece a Beatriz y a sus mascotas) y en el interior apoyan una novela que atrapa con su estilo peculiar y su tono familiar y humorístico.
“Está escrito en un estilo de andar por casa, cotidiano, directo, sin florituras, y que habla las cosas tal como pasan. Y el humor es muy importante, porque es mejor tomarse la vida con sentido del humor. Si no ¿qué vamos a hacer, llorar? Si tienes una desgracia te ríes de ella, y creo que eso ayuda”. Como sin duda le pasa a Clara de la Vega para afrontar un crimen ocurrido puerta con puerta. Desde esa perspectiva, “este libro está pensado para que el ratito que se dedica a leer se disfrute, se pase bien, se desconecte y las locuras arranquen muchas risas”.
Tenía el tesón, y sabía que esta novela “iba a salir”. En el proceso “he pasado por muchas etapas, inseguridades, muchas lecturas, muchas correcciones…, pero al verlo impreso me emocioné muchísimo y empecé a llorar”, reconoció. Y pensando ya en una continuación con Clara de la Vega, “un personaje que da para mucho” pero con libros autoconclusivos, Beatriz González quiere seguir apostando por el cozy crime andaluz.