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Moscú (II): Entre la pizza y el wasabi

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Hoy es el segundo día que estamos en Moscú. A decir verdad, ni siquiera hemos visto nada más allá del aeropuerto. Desde la fortaleza del hotel, cercada con alambradas y con restricción de paso, a un antiguo autobús en el que, hacinados, nos hemos dirigido al Pabellón de Deportes de Rameskoe. Se podría decir que lo hemos estrenado. Capacidad para dos mil personas, pantallas gigantes de televisión, buena seguridad y organización. La pena es el escaso ambiente. Apenas dos grupos de escolares hicieron hecho su aparición para, banderas conmemorativas del torneo en mano, lanzar gritos tan apasionados como incomprensibles para los no rusos. Eso sí, los fieles seguidores rinconeros, con el tambor y la caja que siempre les acompaña, ponían color a las gradas e incluso contagiaban al resto de las delegaciones participantes que, sin mucha convicción, lanzaban gritos de apoyo a sus jugadores.
El partido ha tenido poca historia. 7-0 y a pensar en el siguiente rival. Los suizos han estado voluntariosos, pero cuando el Soderin se pone el mono de trabajo, resulta imposible ponerles freno. De hecho, tras ver a todos los participantes no se antoja ninguno superior a los de Antonio Molina.
Después del envite, los jugadores han vuelto al hotel a descansar y el resto de la expedición, escoltados por tres guías locales cuyo dominio del inglés está al mismo nivel que el nuestro, esto es, nada de nada. Pero como el lenguaje de los signos es universal y lo de gesticular no se nos da mal del todo, hemos conseguido que nos lleven a cambiar euros por rublos, que nos paseen por un centro comercial, que nos digan la mejor marca de vodka y que nos indiquen un restaurante en el que almorzar.
En Rusia, la comida no tiene nada que ver con la de España. Quien más y quien menos echa de menos las tortillas de patatas, el gazpacho, el pescaíto frito y todas esas exquisiteces que me hacen la boca agua solo de escribirlas. En fin, el restaurante era un híbrido italiano y japonés. De primer plato pizza carbonara y para acompañar sushi. Las tres jóvenes guías de cuyos nombres no puedo acordarme ejercen de intermediarias con los camareros y, al final piden lo que les da la gana. La nota de humor la pone quien no conoce el wasabi, por cuyo rostro resbala una lágrima al probarlo. Los rusos no notan la diferencia. Aquí se estilla la paprika, que viene a ser lo mismo (de picante digo) pero autóctono.
Tras reponer fuerzas, una vuelta rápida por el centro comercial y, de nuevo al pabellón, que tocaba Ceremonia de Inauguración. Sí, no me he equivocado. La inauguración se ha producido después de que se celebrara la primera jornada. Sí señor, eso es un esquema ordenado. El pabellón se ha puesto a tope, con mucho colorido y un bonito espectáculo de luces y sonido para abrir boca seguido de una mezcla de bailes regionales, gimnasia rítmica y juegos malabares con las banderas de los países participantes.
 
Luego ha llegado el turno de intervenciones. El Gobernador de Rameskoe y el Presidente de la Federación Rusa de Bádminton, que deben tener tirón porque el público se ha volcado con ellos, aunque nosotros no hemos entendido nada.
 
Coqueto acto que ha dado paso al retorno al hotel, previa parada en una especie de supermercado donde hemos encontrado refrescos, lo que no es tan fácil por estos lares. Luego la ducha, la cena y a soñar con los angelitos que mañana hay tarea doble.
 
Y por cierto, si ayer éramos los españoles los que gozábamos del partido de los de Luis Aragonés, hoy han vibrado los portugueses y han agachado la cabeza los checos, precisamente los dos rivales rinconeros de mañana.
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